miércoles, febrero 15, 2006

Confieso que he pecado


Hoy en día los pecados capitales ya no son lo que solían ser en épocas pasadas. Soberbia, avaricia, gula, ira, lujuria, pereza y envidia se han ido transformando, pasando por momentos de estigmatización social hasta convertirse en algo normal e, incluso, en grandes virtudes.

Tomemos, por ejemplo, el caso de los centros comerciales, de los antros y hasta de las escuelas. Estos lugares bien podrían ser los nuevos focos concentradores de toda la envidia que se genera en Monterrey. Todos los días podemos ver un colorido desfile de chicas y chicos que muestran lo mejor de su guardarropa y se exhiben como en las grandes pasarelas de moda internacional pidiendo casi a gritos que todos los vean y los envidien.

¡Y qué decir de la pereza! Me parece inconcebible que en pleno siglo XXI la gente siga tirando la basura en la calle sin ningún empacho simplemente porque le da flojera acercarse al bote de basura. Ya no hablemos ni siquiera del tradicional “san lunes”, que es el colmo del rechazo a las actividades laborales.

Siguiendo con las cuestiones de pereza, hay que decir que esa falta de motivación para hacer las cosas puede rebasar límites insospechables. Basta mirar a la gente que se niega a leer una buena novela o que renuncia inclusive a ser solidario con los demás.

Ah, ¿pero qué me dicen de la lujuria? “El sexo es poder, ¡fuera tabúes!”, es el nuevo grito de guerra de diversas empresas que se aprovechan del lucrativo mercado que representa el sexo. ¿Quién va a criticar a Victoria’s Secret por ofrecer sus provocativos modelitos? Bien parece que aplaudir a la lujuria es lo de hoy y quien no lo hace es inmediatamente etiquetado de mocho.

Y así, podría seguir enumerando cada uno de estos pecados que permitimos de vez en vez para darle “alegría” a nuestras vidas.

Todo esto viene al caso porque me encontré con un libro que invita a pensar en estos temas tan humanos. En el libro, “Los siete pecados capitales”, el escritor español Fernando Savater sostiene una amena charla con el mismísimo Lucifer y nos ofrece una reflexión particularmente lúcida sobre la presencia de los pecados en nuestra vida cotidiana.

Me parece una propuesta bastante pertinente si tomamos en cuenta las numerosas y constantes críticas provenientes de personas moralizadoras que pregonan la búsqueda de la perfección ética y moral en el ser humano. No puedo dejar de pensar que este tipo de discurso a veces raya en lo obtuso, pero hay quienes se aferran todavía a él.

Por eso creo que a los pecados hay que darles su justo valor. Dice Savater que lo peor sería caer en la tentación del individuo perfecto que va por la vida como un autómata y me parece que tiene toda la razón. ¡Qué aburridos seríamos si no cometiéramos de vez en cuando uno que otro pecadillo! Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre...

Sin embargo, no quiero desaprovechar la oportunidad para expresar lo que verdaderamente llamó mi atención del libro de Savater. Me refiero particularmente a una nueva ola de pecados que arriban en esta época marcada por la posmodernidad. Y es ahí donde creo que tenemos que detenernos y hacer un análisis más profundo acerca de algunas cuestiones que a veces pasan inadvertidas pero que pueden resultar más nocivas que cualquiera de los pecados tradicionales.

En la sociedad regiomontana, por ejemplo, se tacha de inmoral a aquellos que viven en unión libre, pero nadie critica a quien el sufrimiento humano le es indiferente.

La falta de autocrítica, el consumismo, la destrucción de los ecosistemas, las guerras, el egoísmo, la corrupción y la falta de sentido común, entre otras cosas, son algunos de los nuevos pecados que nos azotan en la actualidad.

Finalmente, yo me quedo con la visión de Mahatma Gandhi, quien consideraba como pecados la riqueza sin trabajo, el placer sin conciencia, el conocimiento sin carácter, el comercio sin moral, la ciencia sin humanidad, el culto sin sacrificio y la política sin principios.

- Amaya


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