viernes, diciembre 08, 2006

El ingenio jarocho

Recibí por mail esta joya de la psicología e identidad jarochas y sentí el deber de publicarlo aunque no conozca el nombre de su autor.
- Amaya
En Veracruz oye uno cosas desaforadas, inverosímiles, quiméricas. ¿Cuentan mentiras los jarochos? Pienso que no. Lo que dicen se ajusta siempre a la verdad. A su verdad, naturalmente. La verdad es la adecuación del pensamiento a la realidad. Y sucede que la realidad de los jarochos no es una realidad real: es una realidad jarocha. Los jarochos se ajustan estrictamente a ella.
Por tanto, los jarochos siempre dicen la verdad. Con la gente de Veracruz -hablo de la del Puerto- ha de suceder algo similar a lo que pasa con los habitantes del mediodía de Francia, según narró Daudet en su "Tartarín de Tarascón": el sol es tan radioso que su luz pone espejismos en los hombres y los hace mirar fantásticas visiones. Agustín Lara habló de las palmeras borrachas de sol. La misma ebriedad solar deben traer en sí todos los jarochos, que los lleva a imaginar estupendas invenciones y luego relatarlas como si hubiesen sucedido. ¿Dicen mentira? No. Dicen el evangelio. El evangelio según Veracruz.
El ingeniero José Antonio Marquínez, por ejemplo, espléndido jarocho, amenísimo conversador con quien charlé en ese glorioso sitio de Veracruz, de México y del mundo que es el Café de La Parroquia, me contó que una vez fue a misa en la iglesia parroquial de un pequeño lugar de Veracruz. El señor cura (también jarocho, de seguro), predicó su sermón dominical. "Estoy sumamente preocupado -dijo-, por ciertas cosas que he visto en este pueblo. Advierto graves faltas tanto entre los hombres como entre las mujeres, y aun en los niños. Los niños ven la televisión 5 ó 6 horas diarias. Eso los aparta de sus tareas escolares, les deforma la mente y les da un concepto equivocado de la vida. ¡Cinco o seis horas diarias de televisión! ¿Cómo puede ser eso? Con dos horas que la vieran sería suficiente".Continuó su predicación el señor cura: "En cuanto a las mujeres, he sabido que juegan a la lotería 5 ó 6 tardes de la semana. Eso las hace descuidar su casa, desatender a sus maridos y no velar por la educación de sus hijos. ¡Cinco o seis tardes de la semana jugando lotería! ¿Cómo puede ser eso? Con dos tardes que jugaran sería suficiente". Prosiguió su homilía el señor cura, con mayor severidad en sus palabras. "Y el caso de los hombres es peor. Me he enterado de que acostumbran tener tres y hasta cuatro mujeres cada uno. Eso los hace faltar a sus obligaciones conyugales y a la fidelidad que deben a su esposa, les impide aportar lo necesario para el sostenimiento de su casa, y los lleva a dar a sus hijos mal ejemplo. ¡Tres o cuatro mujeres cada hombre! ¿Cómo puede ser eso?". Y remató su sermón el señor cura: "¡Con dos que tuvieran sería suficiente!"...
En Veracruz nadie puede enfermar de importancia -es decir de pedantería o solemnidad- porque en un dos por tres los jarochos lo curan de ese risible mal. Me dice el ingeniero Marquínez de un cierto señor que llegó a vivir en el Puerto por motivos de trabajo. Lo primero que hizo fue comprar una acción del Club Deportivo. Aquel hombre era muy cachetón; tenía rostro grande, redondo, de color blanco marfilino y sin pelo de barba, de modo que algún pícaro jarocho le asestó de inmediato un sobrenombre: "El carenalga". Ese vocablo veracruzano, "carenalga", traducido al español quiere decir "Cara de nalga". El recién llegado no tardó en enterarse del mote que tenía, y muy molesto preguntó quién se lo había puesto. Un travieso, para divertirse, le señaló al primero que vio: "Fue ese que está allá". El forastero se dirigió hacia el indiciado. "Óigame -le dijo con enojo-. Yo vengo a este club a hacer deporte, no a que me inventen nombrecitos. ¿Fue usted el que me puso el apodo con que se me conoce aquí?". Preguntó el otro: "¿Qué apodo es ése?". Respondió mohíno el forastero: "'El carenalga'". Y replicó el jarocho: "Yo no le puse el apodo. Pero de que le queda, le queda"... FIN.
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