lunes, agosto 22, 2005

Tres historias de amor y desamor (III)

Tercera y última historia:
Pido disculpas por no ser tan directo como las dos personas que me han precedido, pero tengo algo que decir. Hoy estuve en una estación de tren y he descubierto que la distancia que separa los raíles es de 143.5 centímetros o 4 pies y 8.5 pulgadas. ¿Por qué esta medida tan absurda? Le pedí a mi pareja que descubriera la razón y he aquí el resultado:

Porque al principio, cuando construyeron los primeros vagones de tren, usaron las mismas herramientas utilizadas en la construcción de carruajes.

¿Por qué los carruajes tenían esta distancia entre las ruedas? Porque las antiguas carreteras se hicieron con esta medida, y sólo así podían circular los carruajes.

¿Quién decidió que las carreteras debían hacerse con esta medida? Y he aquí que de repente llegamos a un pasado muy distante: los romanos, primeros grandes constructores de carreteras, lo decidieron. ¿Por qué razón? Los carros de guerra eran conducidos por caballos – y al poner uno al lado del otro, los animales de la raza que usaban en aquella época ocupaban 143.5 centímetros.

De esta manera, la distancia entre los raíles que he visto hoy, usados por nuestro modernísimo tren de alta velocidad, fue determinada por los romanos. Cuando los emigrantes se fueron a Estados Unidos a construir ferrocarriles, no se preguntaron si sería mejor cambiar el ancho, y siguieron con el mismo patrón. Esto llegó a afectar incluso la construcción de los transbordadores espaciales: los ingenieros americanos creían que los tanques de combustible debían ser más grandes, pero eran fabricados en UTA, había que transportarlos en tren hasta el Centro Espacial de Florida, y en los túneles no cabían. Conclusión: tuvieron que resignarse a lo que los romanos habían decidido como medida ideal.

“¿Y eso que tiene que ver con el matrimonio?”

Tiene mucho que ver con el matrimonio y con las dos historias que acabamos de escuchar. En un momento dado de la historia, apareció alguien y dijo: cuando nos casamos, las dos personas deben permanecer congeladas el resto de su vida. Caminarán una al lado de la otra como dos raíles, obedeciendo este exacto patrón. Aunque uno necesite estar un poco más lejos o un poco más cerca algunas veces, eso va contra las reglas. Las reglas dicen: sean sensatos, piensen en el futuro, en los hijos. Ya no pueden cambiar, deberán ser como los raíles: tienen la misma distancia entre ellos en la estación de partida, en medio del camino o en la estación de llegada. No permitan que el amor cambie, que no crezca al principio, que no disminuya en el medio –es arriesgadísimo. Así pues, pasado el entusiasmo de los primeros años, es necesario mantener la misma distancia, la misma solidez, la misma funcionalidad. Son útiles para que el tren de la supervivencia de la especie tenga futuro: sus hijos sólo serán felices si continúan como siempre han estado – a 143.5 centímetros de distancia el uno del otro. Si no los satisface algo que nunca cambia, piensen en ellos, en los niños que han traído a este mundo.

Piensen en los vecinos. Demuestren que son felices, que preparan una carne asada los domingos, que ven la televisión, que ayudan a la comunidad. Mediten en la sociedad, vístanse de modo que todos sepan que entre ustedes no hay conflictos. No miren a los lados, alguien puede estar viéndolos, y eso es una tentación que puede significar divorcio, crisis, depresión.

Sonrían en las fotos. Coloquen fotografías en la sala, para que todos las vean. Poden la hierba, hagan deporte, para poder permanecer congelados en el tiempo. Cuando el deporte ya no mejore su aspecto, sométanse a la cirugía plástica. Pero no olviden nunca: estas reglas se establecieron en algún momento y tienen que respetarlas. ¿Quién estableció las reglas? Eso no tiene importancia, no se formulen jamás ese tipo de preguntas, porque las reglas serán válidas siempre aunque no estén de acuerdo.
El Zahir
Paulo Coelho

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