jueves, septiembre 14, 2006

El espíritu (enfermo) de nuestra democracia I

El espíritu (enfermo) de nuestra democracia
Por Lorenzo Meyer

El miedo que se infundió en un amplio número de ciudadanos desde el gobierno pone a los mexicanos a temerle a la democracia. En un afán por proteger a los grupos de poder, podemos poner en riesgo la paz social.

Hipótesis.
Una democracia construida sobre la base del miedo no es otra cosa que miedo a la democracia. ¿Puede ser éste el caso de México? Niall Ferguson, el historiador de Harvard, explica algunos de los grandes estallidos de violencia regional en el siglo XX como consecuencia imprevista de la decadencia de los imperios y del miedo que eso genera. En efecto, la desintegración de una forma autoritaria de control inevitablemente produce reacciones de miedo entre las élites que hasta entonces se habían beneficiado de ese modo no democrático de gobernar. A los hasta entonces ganadores les invade un temor que puede convertirse en disparador de acciones mal concebidas que pueden desembocar no sólo en resistencia al cambio sino en tragedia, como ocurrió, por ejemplo, en India al momento en que los británicos se retiraron después de la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, esta sencilla hipótesis puede adaptarse al caso mexicano y arrojar luz, no sobre una violencia que hasta ahora se ha evitado, sino sobre los orígenes del miedo, las resistencias y la crispación de ciertos grupos e intereses privilegiados que se niegan a modificar los viejos arreglos ("The Next War of the World", Foreign Affairs, septiembre/octubre, 2006).
La decadencia que se inició hace ya cuatro decenios en ese peculiar tipo de imperio hacia adentro que fue el largo régimen priista en México en el siglo XX, concluyó en el año 2000 con lo que parecía un cambio real de régimen. En el primer momento, no hubo reacción adversa de importancia de los grandes intereses creados durante la larga estabilidad autoritaria: empresarios nativos o extranjeros, sindicatos, alta burocracia, alto clero, Ejército, etcétera. Las clases dominantes no sintieron mayor temor porque, en esencia, el arranque de la democracia electoral mexicana resultó ser un juego muy seguro para ellas. Y es que, forzosamente, la contienda del 2000 tendría que concluir con una continuación del PRI, o con un gobierno encabezado por el PAN, pues la izquierda ya había perdido la fuerza mostrada en 1988, el año del gran fraude. En esas condiciones, quien fuera el ganador terminaría por apoyarse en la misma trama de intereses. Es más, Vicente Fox resultaba incluso una mejor opción porque daría la sensación de cambio y renovaría la legitimidad del sistema de poder y control pero mantendría el statu quo.
Seis años después la situación fue otra pues se había abierto de nuevo la posibilidad de un triunfo de la izquierda. Una izquierda no revolucionaria pero que podía afectar ciertos arreglos ilegítimos hechos bajo el antiguo orden y preservados por Fox. Una izquierda que mantendría el capitalismo pero que trataría de poner el acento en la disminución de la inequidad en la distribución del ingreso, en la mejora de la recaudación fiscal -un fisco que apenas recauda el 12 por ciento del PIB no puede hacer frente a los compromisos de la izquierda-, en su oposición a la privatización del petróleo y la energía eléctrica. En fin, que lo que no estuvo en juego en el 2000 sí lo estaba en el 2006 y eso alarmó y atemorizó a nuestras muy conservadoras élites empresariales, a la alta burocracia panista, a ciertos obispos, y a parte de lo que queda del antiguo régimen como el SNTE o ciertos gobiernos locales priistas.
La atmósfera del miedo.
No se necesita ser un observador agudo para detectar que el temor mezclado con el enojo fue un componente central de la atmósfera que envolvió al proceso electoral adelantado. La defensa de los poderosos intereses creados ante la muy relativa amenaza de una izquierda no radical, empezó con el uso de los videos que pusieron en duda uno de los puntos fuertes del precandidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador (AMLO): su honradez. Fracasado ese intento, se puso en marcha un "Plan B" -el desafuero- para, finalmente, tras otra frustración, apostar todo a un "Plan M": el del miedo.
Esta vez, la élite del poder, encabezada realmente por el presidente de la República y no por el candidato del PAN, logró su objetivo: transferir su temor a una buena parte de las clases medias e incluso a segmentos de las populares, mediante una bien diseñada y financiada campaña de angustia en televisión, radio, prensa e internet: AMLO presentado como "un peligro para México", como seguidor de los pasos de Hugo Chávez, como el que "te va a quitar tu casa", etcétera. La izquierda, de tiempo atrás confiada en las encuestas que aseguraban su triunfo, tardó en percatarse de los efectos de tamaña estrategia y cuando reaccionó, ya había perdido un tiempo y un espacio irrecuperables.
Todo esto, más una serie de maniobras el día de la elección que hoy se dejan ver en los votos que sobraron o faltaron en las pocas casillas que se han logrado abrir, la actuación electoral "profesional" del SNTE, de ciertos gobernadores del PRI y de las instituciones electorales, especialmente del TEPJF, que reconoció que hubo infracciones importantes a la ley por parte del Presidente y de empresarios pero que, concluyó, no podían medirse con certeza y por eso no las tomó en cuenta, terminaron por imponer a duras penas -por medio punto porcentual- el triunfo formal de una derecha autodenominada "pacífica" sobre una izquierda calificada por ella como "violenta".

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