miércoles, diciembre 14, 2005

Severiano Marichal

El recuerdo que tengo de él es más bien vago. El día de su muerte me paré frente a la ventana del cuarto de mis padres. Sí, ahí donde se puede echar un vistazo al patio trasero de mi casa. Estaba como hipnotizada. Apenas comprendía lo que pasaba. Tendría unos 5 ó 6 años.

Con el tiempo, empecé a conocer poco a poco a aquél hombre de pelo canoso que aparece de repente en las fotos familiares. Ahora sé que su tesoro era la biblioteca del segundo piso de esa casa ubicada sobre la calle 18 de marzo. Sé que era un hombre de ideas, de una inteligencia superior. Era un marino. Un viajero infatigable. Era un cubano atrapado en el cuerpo de un español de Canarias que huyó de su casa a los 12 años para subirse a un barco y conocer el mundo. Era un luchador social. Un defensor de la justicia. Un rebelde para la época que le tocó vivir. Un humanista en todo el sentido de la palabra.

Las historias que cuentan sus hijos son como las piezas de un rompecabezas que van acomodándose para dar forma a un hombre que ahora admiro profundamente.

Si tan sólo hubiera tenido la oportunidad de platicar con él. De política. De Cuba. Del socialismo. De la expropiación petrolera. De Lázaro Cárdenas. Del imperialismo yanqui… Pero también de música, de comida, del mar. De sus hijos. De mi abuela.

De la vida… De lo que sea…

- Amaya

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